El Mandato de la Raíz en la Arquitectura Globalizada
Frente a este telón de fondo, el sector arquitectónico chileno se enfrenta a una doble presión. Por un lado, la demanda de proyectos que integren tecnologías constructivas avanzadas y eficiencias energéticas, alineándose con estándares internacionales. Por otro, la creciente expectativa de clientes y la sociedad civil por edificaciones que resuenen con la historia, el paisaje y la materialidad local. Esto se traduce en un desafío laboral directo: la necesidad imperiosa de equipos multidisciplinarios que dominen tanto las normativas sísmicas más rigurosas y las últimas herramientas BIM, como las técnicas constructivas artesanales y el uso inteligente de recursos autóctonos como la madera nativa, la piedra volcánica o el adobe mejorado. Según datos de la Cámara Chilena de la Construcción de 2024, solo el 35% de las oficinas de arquitectura en el país tienen experiencia comprobada en proyectos de gran envergadura que fusionen exitosamente elementos tradicionales con diseño de vanguardia.
Proyectando a 2035, el panorama exige una reconfiguración de la formación académica y la especialización profesional. Países como Japón, con su milenaria tradición de carpintería y su liderazgo en alta tecnología, ofrecen un modelo de coexistencia. Sus profesionales son capaces de diseñar estructuras hipermodernas que respetan la escala y la materialidad de su entorno, a menudo incorporando elementos como el ‘engawa’ o el uso de la luz natural de formas culturalmente significativas. De manera similar, en Marruecos, la revitalización de medinas históricas ha propiciado el surgimiento de una generación de arquitectos que integran patrones geométricos ancestrales con soluciones espaciales contemporáneas, generando valor económico y turístico.
El desafío para Chile radica en capacitar a una fuerza laboral que pueda transitar fluidamente entre el manual y el digital, entre la herencia Mapuche o Chilota y las megaciudades del futuro. Se prevé que la demanda de arquitectos con especialización en patrimonio y diseño contextualizado crezca un 25% en la próxima década. La inversión en investigación y desarrollo de materiales locales adaptados a nuevas técnicas constructivas, la promoción de concursos de diseño que valoren la identidad y la implementación de políticas públicas que incentiven el uso de mano de obra y recursos locales, no son solo opciones, sino exigencias ineludibles para que la arquitectura chilena no solo se construya, sino que narre su propia historia en el concierto global.
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