
30/08/2025 l Arquitectura
La cuestión es: ¿qué se está releyendo realmente hoy? ¿Se busca la verdad del material, su expresión estructural, o es una mera declaración de estilo que coquetea con la robustez y la frialdad sin una conexión genuina con los principios originales? Estudios recientes a nivel global, como los analizados por el *Journal of Architectural Education* o el *MIT Press*, señalan una peligrosa tendencia a la descontextualización. En Chile, observamos proyectos que, bajo la bandera de la ‘revalorización del hormigón visto’, obvian las implicaciones ambientales de su producción masiva, especialmente en un contexto de urgencia climática. El CO2 embebido en el cemento, por más estético que resulte, es un factor ético ineludible en el 2025.
Además, desde una perspectiva social, la ‘relectura’ actual rara vez se asocia con soluciones habitacionales masivas o proyectos de infraestructura pública con un fuerte componente social, como lo fue en algunos de sus momentos más idealistas. Hoy, el hormigón brutalista parece ser un lujo, una declaración de autoría o de estatus, reservado para aquellos que pueden permitirse esa estética. Esto nos obliga a preguntarnos: ¿Estamos construyendo para una élite con un gusto particular, o estamos explorando soluciones arquitectónicas que realmente beneficien a la sociedad en su conjunto, aprovechando las verdaderas ventajas del material (durabilidad, bajo mantenimiento, resistencia sísmica) pero mitigando sus desventajas éticas y ecológicas? El debate no es menor. Los arquitectos chilenos tienen la oportunidad, y la responsabilidad ética, de ir más allá del *look and feel* para indagar en la esencia del brutalismo, reinterpretándolo no solo estéticamente, sino con una conciencia global y social que resuene con los desafíos de nuestro tiempo.